De un tiempo a esta parte, llevo pensando que las mujeres nos vamos flagelando por todo, y eso no nos excluye a las feministas. Yo misma creí que para combatir el patriarcado debíamos convertirnos en versiones perfectas y puras, exigiéndonos una coherencia redonda, la cuadratura del círculo, como si fuera posible despojarse de siglos de enseñanzas patriarcales con varias lecturas y activismo. El principal problema de esta exigencia de perfección es que nos arrastra a la culpa y un juicio durísimo, para con nosotras y para con las otras compañeras. El escrutinio de cada deseo ambiguo, cada gesto, cada pensamiento incluso que nos delatara en nuestra latente misoginia era poco menos que un crimen. La pregunta es ¿existe acaso la perfecta feminista libre del pecado patriarcal?
El mismo sistema que nos sexualiza también nos enseña a avergonzarnos del deseo. Los mismos que nos obligan a desnudarnos para validarnos nos piden que despreciemos a quienes no cumplen el mandato de respetarse y ser dignas. Ahora, en un afán de liberación, volvemos a la eterna dicotomía de la mamá y la puta, señalanzdo a la que se sexualiza demasiado o a la mojigata, a la que no se libera y la que te pone delante un pickmetrómetro y mide tus puntos de buena o mala feminista.
Yo quisiera otra cosa para mi y para nosotras, un feminismo dedicado a acompañarnos y darnos ternura radical. Un feminismo que reconozca que el patriarcado nos atraviesa y nos seguirá atravesando durante generaciones, y nos perdona por ello. Un feminismo que celebra ese proceso y nos tiende una mano amiga y en lugar de un dedo señalador y una ceja fruncida. Para mi, ese es el verdadero acto revolucionario, dejar de exigirnos la perfección para encontrar con ello la libertad.
necesito añadir esto, busquemos exigir responsabilidad y coherencia donde más hace falta: hacia los que ejercen la máxima violencia y hacia los que más son excusados. Que les pesen a los hombres las cargas que llevamos nosotras soportando siglos.