Decía mi abuela, anarquista de la FAI, que no había que guardar todas las bombas orsini en la misma cesta.
Afortunadamente le hice caso y contraté dos sistemas de incapacidad temporal distintos. Me han costado una fortuna que parecía dilapidarse mientras tuve una salud de hierro durante 30 años.
Ahora sé lo que vale esa salud. Y también reconozco la lucidez de la anarquista.
Aprovechando que hoy es ese día de apoteosis consumista llamado Black Friday, voy a regalar un libro a mis lectores en Mastodon.
Entre 1999 y 2000 publiqué una serie de artículos en Kriptópolis, una ciudad oculta en la maraña de aquella red primigenia. Junto a otros compañeros de Fronteras Electrónicas publicamos artículos sobre cifrado y ciberderechos.
Sólo ustedes pueden decir si 25 años después mis profecías se cumplieron o no.
@CorioPsicologia son todo nombres raros: anterolistesis, la vértebra L4L5, desplazada hacia delante, presionando el canal medular, espondiolisis o algo así, la artrosis en todo el cuerpo… En el gimnasio, las caderas me crujían. Ese ruido ha cesado. Las horas que estuve bajo anestesia, pasaron en un segundo para mí. En ese tiempo mi neurocirujano Abel Ferres debió esculpirme de nuevo por dentro, con escoplo y martillo, puso la vértebra en su sitio y con dos pinzas evita nuevos desplazamientos.
Por las noches, las piernas me duelen como si me estuviesen volviendo a crecer. De hecho, están creciendo. De no ser por la intervención quirúrgica me hubiese quedado en silla de ruedas. No deja de ser una cruel ironía para quien ha corrido nueve maratones.
No me quejo. El dolor lumbar es junto con el del parto, una de las peores torturas que nos inflige la naturaleza. Quizás estoy volviendo a nacer y lloro por dentro, porque por fuera no puedo dejar de sonreír.
Tras tres años de calvario por un mal diagnóstico de dos traumatólogos distintos, el doctor Abel Ferres, neurocirujano del Hospital del Pilar, me ha operado la vértebra que estaba desplazada y me ha salvado de acabar en silla de ruedas. Corrí nueve maratones. Ahora no correré, pero voy a recorrer lentamente mucho más que esos nueve maratones. Me han devuelto algo que da más sentido a la vida que la ilusión. Me han devuelto la rabia.
Bien está que periódicos y universidades abandonen la X que se comió a nuestro Twitter, pero irse a Blue Sky solo es pasar del absolutismo al despotismo ilustrado. Intenten dar un paso más, porque la libertad no la regalan, se conquista. Solo en las praderas del mastodonte se conquista la libertad. Es más difícil, sí, pero ya les he dicho que la libertad no se regala.
Hoy agradezco al galeno y al Hospital del Pilar De nuevo poder andar Mi corazón está lleno De gratitud y sin freno Puedo volver al juzgado, Al despacho de Abogado A pedir la libertad De inocentes sin maldad Con mi esqueleto sereno.
Por proteger a mis hijos En una reyerta cainita Sufrí una caída maldita Que dañó los entresijos: vértebras con nombres pijos He estado más de tres años arrastrándome a los baños Interrumpiendo los juicios En sprint a los servicios Y con dolor por los daños Tras dos años de tortura Y yerros de traumatólogo Dictó sentencia el neurólogo Abriendo gran tajadura Y aplicando la sutura En toda la zona lumbar Dos meses sin caminar Abel Ferres cirujano Que no le tiembla la mano Me he acabado de curar
Cuando conseguí superar la adicción a la tuiterina mediante la mastodona, muchas personas me dijeron que me arrepentiría, que Mastodon era un erial, que desaparecería de la red y que no sería nadie.
Siete meses después sigo sin recaer en la adicción tóxica a la red del pájaro, y escribo aquí cosas que hubiesen sido imposibles en la jaula, donde no hay sitio para la literatura o la poesía, solo para el odio.
Cuando salgo a andar por la montaña paso a veces cerca de la Escuela Judicial, que está en un lugar privilegiado de la ladera del Tibidabo.
Allí los forman como cuerpo de élite, y la dirección de la Escuela también es un lugar de élite al que se llega con contactos políticos de alto nivel.
Y me ha dado por pensar que la Escuela no debería alejar a los jueces del pueblo y convertirlos en élite. Debería instalarse en el Raval, para que los jueces se mezclasen con el pueblo al que han de servir.