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A veces no somos conscientes de como nuestros actos pueden cambiar la vida de alguien, aunque sea poco.
AVISO: Viene turra:
Hace muchos años mi padre se encargaba de una instalación deportiva. Iba los fines de semana a repasar las lineas del campo de fútbol, poner las redes y luego se encargaba del chiringuito, donde se vendía cerveza y refrescos, se hacían cafés y bocadillos varios.
Yo, que estaba estudiando automoción, los findes le echaba una mano, y mientras los partidos se jugaban, yo iba estudiando a ratos.
Había un chavalín que vivía en una chabola cercana, y el pobre pasaba más hambre que un preso en galeras, así que le invitábamos a un bocata y un refresco todas las semanas.
Un día lo vi mirando mis libros, le dije que eran para aprender a arreglar vehículos. Me miró curioso y se fue.
Al cabo de un tiempo mi padre dejó las instalaciones y nunca más supe del chavalín.
Un par de décadas después, la semana pasada por cierto, volví a mi ciudad natal, donde aun vive mi hermana, y di una vuelta con ella por donde estaban las instalaciones, que ya no están, ahora hay pisos.
Bajando de vuelta se me acerca un tío.
- Hola, que tal.
- Hola- le respondo sin saber quien es.
- Soy el chaval a quien invitabas tu y tu padre a bocadillos y refrescos hace mucho ya, era así (pone la mano a la altura del niño que era). Va vestido con un mono y salía del taller de motos que hay en la esquina, un taller bastante grande.
Yo no supe qué decir, y él se dio cuenta, me estrechó la mano y me invitó a tomar algo en un bar cercano, donde me estuvo contando su vida y como después del colegio quiso estudiar automoción "para arreglar vehículos".
Después nos despedimos con un abrazo y estuve todo el resto del día pensativo.
Os juro que escribo esto y se me ponen los pelos de punta.