Mientras las potencias occidentales hablan de rearme y de continuar con el modelo extractivista y colonial mediante guerras por todo el planeta, la atmósfera sigue sobrecalentándose de manera alarmante.
La censura se extiende, eliminando información científica esencial sobre las desigualdades sociales, la salud y la protección del medio natural. A lo que se suman los ataques a la integridad de las agencias científicas y el retraso impuesto a los trabajos del panel internacional del IPCC. El despido de jóvenes científicos y la prohibición de colaboraciones internacionales se multiplican, empeorando este alarmante panorama.
La ciencia climática no puede predicar sin dar trigo. Todas debemos adaptarnos a la realidad de la emergencia climática; es injustificable la miríada de eventos científicos cuyo balance de emisiones de gases de efecto invernadero es obscenamente alto: no son sólo los viajes en avión, sino también los materiales de difusión, comida y bebida, excursiones... Y, desde luego, no expedientar a quien hace una reflexión valiente y necesaria.